I
NOS PARAMOS DEBAJO DE UN ÁRBOL. Recio, el viejo; lleno de la dureza del clima. Viste playera blanca y pantalón azul. Un azul arruinado. Él tiene defensa en lo sombrío, lumbre en los ojos. Lo conozco apenas de esta mañana. Cuando me abrió la puerta de su casa me miró como se mira a las espinas ardientes de un mezquite. Llevaba una mancha de sudor en la playera. Siguió mirándome, sin hablar. La mancha le bajaba hasta el ombligo. Tensa, la cuerda del silencio entre los dos.
—Hace cinco días... —comencé.
La mirada del viejo soltó una bocanada de chispas.
—Los tiempos de la caridad se acabaron, amigo —me atajó.
—Quiero trabajar.
Revolaban las chispas en lo oscuro; desaparecían arriba, atrás del cráneo.
—Cualquier cosa —dije.
—Hasta eso de acabó, mi amigo.
Las aguas del sudor me caminaban lentas. Me envolvían en su espiral. El viejo se despegó la humedad de la playera.
—¿Qué sabe usted hacer? —me preguntó.
—Todo.
El viejo pellizcó otra parte de la tela.
—¿Ya vio usted el cielo? —me dijo.
—Sí.
—Es blanco. Como el infierno.
II
Busco la sombra de las ramas del árbol. El otro ya la tiene.
—Escombre usted aquí —me dice.
Miro, despacio, el solar. Es como un derrumbe. Piedras. Botes y cascos de botella. Pedazos de madera. De fierro. Las botellas brillan. Me punzan la mirada. El viejo me advierte:
—No vaya usted a revolver nada.
Aquel mundo estará hirviendo.
—No entiendo.
—Las piedras con las piedras, amigo.
Miro al viejo.
—Vidrio y vidrio —añade.
Me prometo cobrarle más de los que él me dé. Extra es el clasificar desbarajustes.
—¿Donde los montones?
El viejo pasea la mirada por el desastre.
—A juicio suyo, amigo.
—¿Para cuándo?
El viejo mira al cielo.
—Para cuando usted termine.
Yo he levantado también la vista. No hay aire encima de nosotros. Se lo comió el sol.
—A las seis —prometo.
—Conforme. Lo espero en mi casa. Vendremos a ver.
El viejo comienza a irse. Pero lo detengo.
—¿Puede abonarme?
El viejo me semblantea; me echa la lumbre de su interior. No le huyo al fuego ni me brota a la cara el desconcierto.
—¿Cuánto amigo?
—Cigarros. Un refresco. No más.
El viejo me da un papel estropeado. Lo deja caer en mi mano abierta que lo recibe como el llano a una gota de agua. Y luego, cuando ya está al otro lado del árbol, me avisa:
—A las ocho todavía tenemos luz. Acuérdese.
—Me acordé.
—Sólo hasta entonces vuelve acrecer el aire. La hierba azul, amigo. Es la hora propicia para mejor deslomarse sin peligros.
III
Se va. Se pierde. Me pegó al árbol, al nacimiento de sus ramas. Desde él veo, a mi izquierda, no muy retirada, una tienda. Salgo de la flaca sombra.
El dueño de la tienda está durmiendo. Tiene la cabeza en la cuna de los brazos, sobre el mostrador. Lo despierto, llamándolo muy quedo.
—Diga —me dice, húmedos los párpados.
—Un refresco.
—Los refrescos están alineados a lo largo de un casillero.
—¿Cuál?
Todas las botellas son iguales. Todos los sabores.
—Ése —digo, apuntando con un dedo al centro de la hielera.
El dueño se levanta. Coge la botella. Con una mano le quita el polvo.
—¿Se lo va a tomar aquí?
—Sí.
El dueño lo pone en el mostrador. Y luego, al cabo de un bostezo, me dice:
—De su lado, el abridor.
El refresco está caliente. El trago que le doy no sabe a ninguna fruta.
—¿Cigarros?
El dueño mete la mano a un paquete también en el casillero.
—Son de los únicos que tengo —aclara, y me enseña la marca.
—Démelos.
—¿Cerillos?
—No. Gracias.
Pago. Apenas si me regresan cambio: tres monedas muy sucias del águila. El dueño vuelve a sentarse en su banco, detrás del mostrador pero ya no se duerme. Comienzo a fumar, de espaldas a él, mirando yo también la calle, el solar. Combino despacio, como si el cigarro y el líquido de la botella fueran eternos, las chupadas con los tragos. Entre los escombros del terreno, como fuego entre los montes, refulgen, están refulgiendo, más que antes, los cascos. Se encabrita el vidrio porque ahora tiene, en su mero centro, prendido el sol. Y los fulgores juntos forman, por encima de la basura, una neblina brillosa, una leche que humea; el peligro que me dijo el hombre. El dueño da con la punta de los dedos en la tabla del mostrador. Pero no lo hace con impaciencia. Tal vez sienta que conmigo se ha endurecido el silencio; tal vez él piense en una nuez, y en el modo de romperla.
—¿Duran mucho las doce aquí?
Cesa el tamborileo. Le sacudo la ceniza al cigarro. Cae entera. Se estrella en el piso, como un pilar. Un dedo vuelve, y luego los otros, a la tabla. La pican de nuevo, los pollitos. El dueño no me oyó bien o no quiere contestarme. Chupo. Huele a uña quemada el aire. ¿Por qué dejaron morir el árbol del solar? ¿No hubo quién pensara en la neblina? Aviento la colita del cigarro a la calle y, en seguida, tomo otro de la cajetilla sobre el mostrador. Tampoco los cigarros saben a nada. El tabaco está secón, sin alma. Tendrá, de seguro, la edad del árbol; y puede que hasta la del viejo. Esa marca de cigarros no se ve ya por ninguna parte. Ni los peores y más atrasados abarrotes la tienen. Fumo, y parece que estoy fumándome el hueserío de los años.
IV
—El árbol aquel de enfrente —le digo al dueño— se les murió de sed.
El dueño detiene los dedos.
—Se le murió al que lo plantó.
Bebo un trago. Doy una chupada.
—No. A todos.
—Es igual.
Agito el líquido de la botella. Se calienta cada vez más, por el calor de mi mano, que casi no ha soltado el envase. Echo de menos las moscas. Un verano si ellas en como el árbol de afuera. Las busco en el aire, en la región de la penumbra; en los anuncios de cartón colgado en el techo, y en el piso. Los cartones tienen rastros, viruela.
—¿Cómo hizo usted —le pregunto al dueño— para ahuyentar al mosquero?
—Nada. Vienen oleadas, de pronto. Varios, muchos días duran. Pero luego, la muerte comienza a escasearlas. No respeta ni a las hijitas. Lo que sí hago es barrer los cadáveres.
Le disparo un chorro de humo a uno de los cartones. El anuncio se bambolea.
—En esa propaganda —me dice el dueño— se apeñuzcan, se mantienen. Una vez vi a unos en una islita, a la mitad de un río crecido. Las estacionadas en los cartones me los recuerdan.
V
El fulgor de los cascos en el solar se adelgaza.
—Duran cuánto las doce del día —vuelvo a preguntarle al dueño.
—Sí; ya le habría oído. Estaba pensando. Duran hasta las tres o cuatro de la tarde. En agosto, fácilmente hasta las seis.
—Estamos en agosto.
—A principios.
Economizo el refresco. Son traguitos los míos, por no decir pura humedad para la lengua y el humo. Andan lejos las seis. Si no fuera el tiempo de agosto...
—¿Es usted amigo de Bayona? —me pregunta el dueño.
—¿Bayona?
—Ustedes dos estaban debajo del árbol. Los divisé.
—No. Acabamos de conocernos. El nombre no lo sabía.
Me doy la media vuelta en el mostrador. El dueño se fija en el refresco.
—Los asientos son como una purga. ¿No quiere otro?
Mirando a la botella y al líquido de color turbio, respondo:
—Para mí, los asientos no son purga. Son como un concentrado, un jarabe.
Dejo la botella en la tabla. Luego le pregunto al dueño:
—¿Dónde consiguió los cigarrillos?
—Me los vendió Bayona.
—Están pasados.
—Me lo dijo Bayona.
El tabaco viejo arde como la pólvora. No serán aún las seis cuando yo me encuentre ya sin qué fumar. Debo apartar un cigarro para después. Para quemarlo al atardecer.
—Bayona es derecho —le digo al dueño.
—Es de todo.
Saco el cigarro de la cajetilla y lo echo a la bolsa de la camisa. Sorprendo en los ojos del otro una burla, una zumba suave.
—¿Un recuerdo?
Yo me río.
—Un guardadito.
El dueño también se ríe. Con desgana. Y yo vuelvo a ponerme de espaldas a él. Y sigo fumando. Si la capa de neblina se desvanece antes de las seis, a las cinco, a las cuatro, saldré a escombrar.
—Bayona es de todo —repite el dueño—. Vende. Compra. Pero no está establecido como yo. ¿Anda usted vendiéndole algo?
—Nada.
El sol camina por los cascos como un sonámbulo. No se imagina el incendio. Cuando él se caiga en el pozo del llano, ¿renacerá el arbolito?
VI
Miro al dueño por encima del hombro:
—¿Hace cuánto que se secó?
Él me busca la mirada en la esquina del hombro.
—¿Bayona?
—El arbolito.
—Atínele usted. No hay quien feche aquí esas muertes. Y no las de los vivos. Se nos escapan. Pregúnteme usted por la de la mía. Por acá, los años, el tiempo, no tienen agarraderas por dónde pescarlos.
Vuelvo a mirar el solar. La sombra del árbol se alarga hacia nosotros. Viene como dando traspiés, como herida, como huyendo. Podrían dejarle un bote con agua a media calle. El dueño de la tienda. Ya no me queda refresco sino para un trago. Le hubiera pedido al viejo unos centavos más.
—¿No lo quiere usted?
—¿A Bayona?
Muevo la cabeza y la cabeza suelta el humo del cigarro.
—Bayona —me contesta suelta el humo del cigarro.
—Bayona —me contesta el dueño— es un jodido.
Luego se levanta. Abre y cierra un cajón. Me dice:
—Se nos pasó el tiempo volando. Me voy.
Volteo a verlo como si estuviera mandándome al martirio.
Sigue:
—La siesta no la perdono.
Sale del mostrador. Lleva un candado en la mano. Me recuerda el cambio.
—No se le olvide. No me hago responsable.
Pepeno las monedas.
—Bueno —le digo—, de cualquier modo, ya estaba yo pensando salir a escombrar lo de Bayona.
El dueño alcanza a oírme.
—¿Lo de Bayona?
—Ese terreno del arbolito. Es basural.
—Eso es de Bayona. ¿Quién le dijo?
—Él. Me contrató.
El dueño me mira con los ojos de diablo.
—Le estoy diciendo —recalca— que Juan Bayona es un jodido. El solar es del municipio.
—¿De las autoridades?
—Del municipio, y si usted los escampa, será de gratis.
Las palabras del dueño me dejan zonzo.
El diablo continúa mirándome, divertido. Nos hallamos parados en la puerta. Miro al mostrador, al casco, y a la cajetilla vacía.
Pero luego, sacándome el gusrdadito, le digo al dueño:
—Bueno...
Y enciendo el cigarro.
De alba sombría
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Ediciones del Norte
Primera edición, New Hampshire, 1985
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Índice (dale clicl al título para ir al cuento):
Bazúa | Todos los años de nieve | Nada se perdió | La orilla del viento | Vámonos ya | Los abanicos | De alba sombría | Latitudes de Habacuc | Arriba del agua | En el espejo | Pálido como el polvo | La guitarra
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Semblanza biobibliográfica de Jesús Gardea
Por José Manuel García-García y Adriana Candia