I
—LOS GASTOS.
—¿Y al regreso?
—Sus honorarios.
Dejé caer la tapa del veliz sobre la cama. Bazúa, metido en un makinof, fumando me miraba.
¿En qué piensa? —me dijo.
—En el veliz.
—Maletita, ¿no tiene usted?
Me envolvía el humo y el tufo a alcanfor del abrigo.
—Nada —respondí—. Es un préstamo la lámina.
Bazúa chupó el cigarro como si fuera un tubito de miel. Y después del humo:
—Yo hubiera podido ayudarlo —me dijo.
Yo esperaba. Las vergüenzas no son cosa de exhibición. Me puse a mirar el papel de colores del interior del veliz. Los colores estaban muertos.
—¿A qué hora se va usted? —me preguntó Bazúa.
—A las cinco.
—Entonces, allá nos vemos.
Bazúa tiró el cigarro.
—Oiga —le dije cuando se iba—, necesita usted orear ese makinof.
Bazúa volteó a mirarme:
—¿Por qué lo dice?
—Pica en las narices.
II
Me acerqué a la ventana. El cielo oscurecía en la calle. Aún no teníamos el soplo de los aires helados. Le eché vaho a mis manos. También la maletita, pensé, hubiera sido grande. Volví al veliz. De abajo del colchón saqué mi ropa: una camisa, marcada por los alambres del esprín. La oí. No me gustó su aroma: pero, cuando menos, no era como el del abrigo de Bazúa. Acomodé la camisa al fondo del veliz. Había que ir por el papel. Miré de nuevo al cielo plomizo a través de la ventana y temblé, como si me encontrara ya en pleno frío, camino a la casa de Moloy.
III
Moloy, me abrió la puerta.
—Entre —me dijo.
Entré. Moloy cerró y se fue directo a una estufa. Había allí un traste en la flor del fuego. De espaldas a mí, Moloy me preguntó qué andaba yo haciendo.
—Vengo por los periódicos —dije.
Moloy retiró el traste de la lumbre. El aire del cuarto se llenó de luz muy azul.
—¿Trae usted en qué llevarlos?
—No, Moloy. ¿Son muchos?
Moloy destapó un frasco. El frasco, en su mano, arriba del fuego, tenía un color azul.
—¿Le sienta el anís, Ciriza?
—Es bueno.
Moloy lo echó al traste.
—¿Son muchos? —volvía a preguntarle.
Moloy se asoma a la boca del traste. Sin mirarme, dijo:
—Véalos usted. En el rincón.
Caminé al rincón. Los periódicos, tres montones, llegaban al techo.
—No quiero tantos —dije.
—Una mirada de oro. Pagan bien el kilo —me dijo Moloy.
Los montones se apoyaban entre sí.
—Quién sabe —dije nomás por contrariar el optimismo del otro.
—¿No lo cree?
—Son viejos. Son torres amarillas, Moloy.
—De cualquier modo, Ciriza; hay quien los compra.
Busqué con los ojos dónde encaramarme para quitarle sólo el copete a una torre. No se veían sillas en el cuarto de Moloy. Pero luego descubrí, debajo de la mesa, un cajón. Me disponía a tomarlo, cuando el otro me dijo:
—No, Ciriza. Si no va a llevárselos todos, mejor no le regalo nada.
—Moloy —le dije—, mi línea no es la venta de papel.
—¿Para qué me lo pidió, pues?
Moloy había dispuesto en la mesa un par de tazas y el traste con el anís. El vapor del anís, el perfume del anís, los dos, eran azules, como el aire y la llama de la hornilla. Moloy sacó el cajón de abajo de la mesa. Luego volví a mirarme.
—Para empacar una mercancía —le dije.
Moloy se sentó en el cajón. La llama a sus espaldas le iluminaba la cabeza.
—¿Sabe usted cuánto tiempo me llevó juntar ese papel, Ciriza?
Levanté las cejas.
—No; cómo voy a saberlo —respondí—. Usted y yo somos amigos recientes.
—De antier.
—De antier.
Moloy se rió a medias. Pero sin ponzoña. Le divertía encontrarse con el eco de su propia voz.
—¿Cuánto tiempo, Ciriza?
—Ya le dije, Moloy.
—Quince años.
Moloy me miró como si de pronto hubieran encarnado en mí esos años.
¿Y por qué no lo ha vendido? —le pregunté.
—Perdí el interés.
—¿Quince años después, Moloy?
—Catorce, Ciriza. Pura inercia lo demás.
—Yo no hubiera durado tanto.
—Porque usted no sueña, Ciriza.
El que se rió entonces fui yo.
—¿Usted sueña con papeles, Moloy?
Moloy no me contestó.
—Tómese un anís conmigo —dijo.
IV
Bendición para mi estómago vacío la bebida. Moloy lo advirtió y me invitó otra taza. El cuarto de Moloy no tenía ventanas.
—Aquí está y no está oscuro —le dije.
—Por la luz del verano, Ciriza. Sigue viva.
—Y por la luz de la llama...
—No; aunque la apagara...
Sorbimos en el silencio el resto de la bebida. Yo me encontraba de pie; Moloy, sentado. Moloy miraba la mesa. En aquel cuarto tampoco había reloj. La cita con Bazúa me venía una y otra vez a la memoria. Desayuno topaba yo al azar; pero el desayuno estaba convirtiéndose en visitación. Ni la mañana ni la tarde de ese día eran para los amigos. Un negocio, centavitos, el traslado, me llamaban primero. Le pregunté a Moloy la hora. Moloy, que me había estado hablando el estómago como si yo llevara ahí la cara, enderezó la suya, me miró un momento, y luego, bajándola, desvió la mirada hacia la bolsa de la camisa para sacar de ahí un reloj. Sus dedos índice y pulgar de la mano derecha lo pescaron con la habilidad del muy carterista. El reloj salió girando colgado de una gruesa cadena con varios nudos. Moloy esperó a que se desbarataran solos. Yo miraba al reloj ir entrando a la calma como un pez a la muerte del aire. En su agonía, el reflejo azul de sus escamas nos acribillaba a los dos; más a Moloy. Algo ciego quedé cuando al fin se detuvo. Quieto y frío, como una luna. Su dueño me dijo la hora.
Lo abandonó luego en la mesa, con los números para arriba. Para que yo los viera, entendí. Las gracias del otro, por eso fueron; no tanto por la información. En menos de una hora podía, desahogadamente, terminar de hacer lo que me faltaba.
—¿Hay urgencia? —me preguntó Moloy.
—Ninguna, por ahora.
Moloy volvió de nuevo la mano a la bolsa de la camisa, sacó dos picadientes:
¿Quiere? —me ofreció.
Los picadientes aprisionados entre los dos, tenían la forma de una v.
—No, Moloy. Gracias —dije.
—Yo sí. Es como estar en los postres de un festín, Ciriza.
Moloy, escarbándose las muelas era harto cuidadoso. De codos en la tabla, se apoyaba. Tardó en embotarle la punta del primer picadientes; lo rompió y pasó al segundo, de reserva en la otra mano.
—¿Y cuál es su línea? —me preguntó en el corto espacio del cambio.
Algo se tardaba en esmerarse.
—Cuando acabe usted —le respondí.
Moloy abrió la boca como si fuera a bostezar, se escarbó un poco las muelas superiores, y después, quebrándolo como al anterior, tiró el picadientes al piso.
—Bueno —dijo.
—Bueno —dije.
Y miré al reloj en la mesa, y a Moloy, que también lo estaba viendo. El segundero avanzaba por el campo de la carátula, por encima de los números romanos, como el vuelo de una sombra flaca. Volví a pensar en Bazúa, en mi viaje de esa tarde.
—Mi línea, Moloy, no es el comercio.
—Ya me lo había dicho usted.
La voz de Moloy se reflejó en la tabla; hizo temblar la sombra del segundero, las sombras azules que nos rodeaban.
—El comercio de nada, Moloy.
V
De regreso en mi cuarto, cargando los periódicos regalo de Moloy, me dediqué a llenar con ellos el veliz. Cuando lo pulsé, estaba más pesado que mil velices juntos. Volví a abrirlo para abrirle la carga. Pero no mejoró mucho. Parecía haberse tragado todo el papel de una torre. Lo bajé al piso, y luego me recosté en la cama. Por la ventana entraba el resplandor gris de la tarde; el frío y el silencio de las calles. Allí me estuve, pensando, yendo de un mundo a otro; yendo hasta que tocaron a la puerta. Me levanté. Debía ser Moloy.
—Las cuatro y media, Ciriza —me anunció al entrar.
VI
Moloy me ayudó con el veliz. Lo llevábamos entre los dos como a una caja de angelito; como a un baúl. Yo por delante. Moloy, detrás, no paraba de hablar y de quejarse del clima.
—Déjeme a mí solo el veliz —le dije a Moloy cuando llegábamos ya a los autobuses—, no quiero que nadie se forme una mala idea de mí.
Moloy descansó el extremo del veliz en la banqueta.
—¿Cómo dijo que se llama el hombre, Ciriza?
Yo no sabía cómo se llamaba. Eso no era lo importante.
—El apellido es Bazúa —respondí.
—Bazúa —dijo Moloy, mirando al bajo cielo de invierno—, es un apellido de la costa.
VII
Bazúa se encontraba sentado en la sala de espera. Cruzado de piernas, leía un periódico. Supe que era él por el abrigo; por las mangas visibles a cuadros grandes del makinof. Me fijé en su calzado, limpio; en el rebote, en las puntas negras, de la escasa luz de la tarde. Balanceaba un poco el pie de la perna montada. Pegaban los brillos del zapato en el aire ruidoso de la sala. Había una mezcla de impaciencia y de calma en el hombre. Descansé el veliz en el umbral de la puerta. De la sala se nos veía a la cara un aire con mucho calor de humores. Así era en el cine, los domingos. Moloy se ofreció a ayudarme nuevamente. No, ni un centímetro, fueron mis palabras. Y luego, girando mi cabeza hacia un lado busqué el aire de la calle, el espacio. Me lo bebí como al agua de un estanque. El frío de diciembre me recorrió como una ventisca el cuerpo, la red de sus arroyos, los túneles de sus cañutos. Moloy no hizo igual. Se apresuró a entrar y a acabar de huir las narices en el sofoco, donde yo veía, como en el sexto de una hembra, un prieto resplandor de pelos. Tomé el veliz y avancé, tan derecho y tan fuerte como podía aparentar. Moloy caminaba de pareja mía, con las manos en las bolsas del saco; libre, quitado de la pena, como un patrón. La gente me estaba estorbando la visión de Bazúa. Entre las nubes sólo alcanzaba a ver fragmentos de él; alguna ala de su diario. Moloy me preguntó cuál era Bazúa de todos los que andaban en aquel mundo revuelto. Volví a descansar. Sólo unos cuantos metros me separaban ya de Bazúa. El tufo a alcanfor de su makinof comenzó a llegarme entonces. No lo sentí ofensivo como en la mañana. Tal vez porque los demás olores reinantes en la sala lo embotaban. Pero yo le había sugerido que oreara el trapo. Y quizás eso fuera. Le dije a Moloy que el hombre no andaba caminando. Que lo teníamos, estacionado, casi frente a nosotros, en la primera fila de sillas.
Fíjese usted —le dije— en el que trae una lentejuela de zapatos. A mi indicación, Moloy bajó la vista y encovó el cuerpo. Comenzó después a mover la cabeza y los ojos, como haciendo fintas. Una brecha quería, en el bosque las piernas. La encontró por fin: escampaba; la sala estaba volviendo a la calma. Moloy miró, despacio, de abajo a arriba, a Bazúa. Bazúa seguía meneando el pie. Las abiertas hojas del periódico le seguían tapando el rostro. Moloy me dijo, en el transcurso de su inspección:
—El calzado de Bazúa es un calzado caro. El abrigo no. Está pasado de moda. Lo usaban los pobres.
VIII
Nos paramos delante de Bazúa. Bazúa frenó el pie, se apartó el diario de la cara, y me saludó. Otro, cambiado, cuando ya no hubo cortina y él lo dejó verse. Le devolví el saludo no sin recelo. En la soledad de mi cuarto yo no le recordaba pizca de bigotes; tampoco corbata; ni goma ni ondas en el pelo. El único punto de referencia para convencerme yo de que no estaba bizqueando, era el makinof, era el espíritu del alcanfor. La voz me sonó distinta también. Como si Bazúa, al hablar, no pensara más que en sus zapatos de rico. Lentamente desmontó la pierna. Luego dobló y enrrolló el periódico. Daba señales de no tener ninguna prisa en levantarse, como si no fuera ya la hora de mi salida y el momento de ver lo de mis gastos de viaje y estancia.
—Son casi las cinco —me dijo.
—Sí, Bazúa —le dije, temiendo no sé qué desbarajuste en el negocio que traíamos entre manos.
Se dio con el periódico en el muslo. Entonces advertí el anillo, y la piedra: el vidrio alumbrado, que él llevaba en un meñique. Moloy volteó a mirarme. Sus ojos eran duros, de envidia.
—Ya no hay asiento para usted —dijo Bazúa.
Me mordí los labios, le miré el bigote al hombre, negro, como dibujado.
—El veliz —dije— pesa toneladas.
Bazúa, me di cuenta luego, no hizo el menor caso de la disculpa. Se levantó. Era tan flaco como nosotros, pero más alto. Las abultadas hombreras del makinof le daban un aire de vuelo, de águila en los cielos que, sin aquella prenda, nunca hubiera tenido.
—No se preocupe —me dijo, no con un graznido sino con la misma voz por la mañana—. Le compré boleto para el autobús de las seis.
—Gracias, es usted previsor.
Bazúa miró a lo ancho la sala.
—¿Comió? —me preguntó.
El agua de anís no es alimento para nadie, pensé para mí.
—Lo haré en el camino —dije.
—No. Lo invito.
Bazúa no parecía reparar en Moloy. Moloy me había regalado los periódicos y el desayuno.
—Bazúa —dije—, le presento a un amigo.
—Herminio Moloy —dijo Moloy.
Bazúa no replicó con su nombre.
—Venga usted también, Moloy —invitó.
IX
Bazúa comió en el silencio hasta el momento en que nos sirvieron el postre. Moloy lo había estado observando todo el tiempo. La joya era lo que más lo atraía. Un par de veces lo sorprendí mirándola desde muy lejos de la envidia. Lejos de esa oscuridad, la piedra se convertía en una fruta de agua, y Moloy, en un bobo. Pero las recaídas de Moloy fueron una poda; más frondosa, más tupida que antes, allá en la sala, sentí su codicia. Acariciaba con la mirada la superficie de la piedra como una lengua temblona de serpiente. El dulce de leche comenzó a saberme mal, y la compañía de Moloy. El daño debió alcanzar mis orejas, después del paladar, porque Bazúa dijo:
—¿No me oye usted, Ciriza?
Levanté rápidamente la mirada del platillo del postre, y miré al hombre.
—Dispense, Bazúa —le dije—, estaba yo pensando. Dígame...
A un lado del platillo de Bazúa, a su izquierda, había un sobre de correo, con mi apellido manuscrito. Bazúa le echó encima la mano abierta al sobre, la del anillo.
—Sus gastos —me dijo.
En el sobre, billetes, dinero. Pero Bazúa lo mantenía bajo la palma de la mano como un sapo vivo. Mentira que Bazúa y yo no nos halláramos entonces en aquella fonda, la tarde de un día de invierno, compartiendo la mesa con un tipo como Moloy. Me vi con el otro, y con su animal recién atrapado, a la orilla de una acequia. Mes de agosto, mes de sol. Verano, pues. Chispeaban las miradas, latía el preso. Las palabras que Bazúa me dirigió nada encajaban en lo que acababa yo de oírle. Ciriza, yo, le digo a usted que este sapo se desprendió de los aguaceros de junio, de las tierras de arriba. Dos meses tienen viajando. Y Bazúa levantó la mano.
—Tómelos —me dijo.
La lengüeta de Moloy se me adelantó, arañando el sobre.
—Tómelos —repitió Bazúa—. No pican.
Moloy sonrió.
—Tómelos, Ciriza —me dijo—. El señor se los da.
Bazúa replicó, mirándolo.
—No es dádiva, Moloy.
A Moloy se le hizo una mueca la sonrisa. Miró el cabello embadurnado del otro, y a su vez le replicó:
—Un decir, no más.
El dulce de Bazúa estaba intacto. Bazúa lo empujo hacia el platito de Moloy.
—Para usted —le dijo.
Como imantado por el dulce de leche, como un sauce bajo el aire, Moloy se inclinó. Un rato. Pero luego, con un gesto de triunfo, vencida la debilidad, se enderezó y le dijo a Bazúa:
—No. Dos veces es mucho.
El sobre, en la bolsa interior de mi saco, me calentaba el cuerpo. Gordo, lo había sentido al tomarlo.
—En los viáticos —me dijo Bazúa— hay la dirección de un hotel.
—¿Qué hotel? —pregunté.
Bazúa torció el bigote. No miraba a Moloy, pero yo vi a Moloy en sus ojos.
—Bueno —enmendé—, habrá escrito usted el nombre también.
—Y un croquis, Ciriza. Fácil el caminito.
X
Los tres nos pusimos de pie al mismo tiempo. Se apoyó Bazúa con la punta de los dedos de las manos en el borde de la mesa. Moloy no quitaba la vista del anillo. Moloy era como un gato atento.
—No lo acompañaré —me dijo Bazúa.
—Ni yo, Ciriza —dijo Moloy.
Lo miramos Bazúa y yo, Moloy, ¿a qué se quedaba? Ninguna amistad con el otro lo retenía allí.
—Necesito ayuda —le dije.
Moloy sacudió la cabeza, las manos, la venenosa lengua.
—Usted ya sabe que puede solo, Ciriza.
Medí a Moloy, le medí las intenciones. De toda su persona comenzaba a despedir un vaho helado, como el de un fierro bajo una luna de invierno. En el fondo de los ojos le vi unas sombras creciendo. Moloy se apartó de la mesa.
—Es que quiero tratar un negocio con el señor —dijo, y miró de lleno a Bazúa.
Aquello apestaba a nudo. A trampa. Pensé en Bazúa, en que era tan flaco como nosotros, y en que no era de por el rumbo. Pero Bazúa, despegando los dedos del borde de la mesa, cortó de raíz, le dijo a Moloy, con las palabras más tranquilas del mundo:
—No se apresure usted tanto, amigo. La piedra es falsa, como mis bigotes: todo es un disfraz.
Moloy no se inmutó. Sonrió, al contrario, burlonamente.
—No se ría usted le dijo Bazúa. Y luego, desabrochándose los custro botones del makinof, le dejó ver una pistola.
—De su baba y la mía —le dijo—, la suya es mucho peor.
Moloy se fue.
Entonces, Bazúa, volviéndose, me dijo:
—Lo acompaño, Ciriza.
De alba sombría
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Ediciones del Norte
Primera edición, New Hampshire, 1985
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Índice (dale clicl al título para ir al cuento):
Bazúa | Todos los años de nieve | Nada se perdió | La orilla del viento | Vámonos ya | Los abanicos | De alba sombría | Latitudes de Habacuc | Arriba del agua | En el espejo | Pálido como el polvo | La guitarra
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Semblanza biobibliográfica de Jesús Gardea
Por José Manuel García-García y Adriana Candia