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La torre en el desierto

En Ciudad Juárez, "marcada en estos tiempos por la presencia del Ejército, los asesinatos de mujeres, periodistas e inocentes, por mercenarios y capos de la droga, por discursos políticos, por pobladores que abandonan sus casas en busca de un lugar propicio, existe una torre insólita"... una rareza: una librería, a la cual les gusta llamar “cafebrería” porque en ella también puede tomarse café con un pastel y ensayar una tertulia.

Por Javier-García-Galiano
Wednesday, 12 de May de 2010



También el desierto posee una historia hecha de arena, de una zoología subrepticia, de una botánica elemental, de vientos y tormentas, de nómadas que no pueden huir, de ciudades sagradas.

 

Existen asimismo tentaciones en el desierto. Fue allí donde Satanás retó a Jesucristo. El juego, la lujuria y la disipación pueden ocurrir ahí como un espejismo y como un refugio. En Nevada, por ejemplo, se concibió un simulacro de la perdición: Las Vegas. En medio del desierto se halla Ciudad Juárez que, como ciertas leyendas, a veces sucede en la lejanía.

 

Entre otras cosas, Paso del Norte ha sido un cuento de Juan Rulfo, cuyo personaje decide irse al norte en busca de dinero -“ya ve usté, el Carmelo volvió rico, trajo hasta un gramófono y cobra la música a cinco centavos”- y donde lo clarean en la noche, cuando cruza el río; “sólo nos aluzaron con sus linternas, y pácatelas, y pácatelas, oímos los riflonazos”. En 1888, el gobernador Lauro Carrillo firmó un decreto para que la villa de Paso del Norte se convirtiera en Ciudad Juárez. Según la décimo primera edición de la Encyclopaedia Britannica, el hecho obedeció a la devoción por Benito Juárez, que se había refugiado ahí en 1865.

 

Hacia abril y mayo de 1911, el “presidente provisional de la República Mexicana”, Francisco I. Madero, que había recorrido grandes zonas de Chihuahua conduciendo un cuerpo regular, bien organizado y bien armado, ganando adeptos a su paso, ante Ciudad Juárez, contempló la posibilidad de pactar la paz con Porfirio Díaz. En su biografía de Pancho Villa, Friedrich Katz refiere que Madero le dijo al representante gubernamental, Francisco Carvajal, que para aceptar las proposiciones del ministro de Hacienda, José Ives Limantour, se requería la renuncia de Díaz. La toma de Ciudad Juárez “no sólo daría a los revolucionarios un gran apoyo psicológico, sino que le permitiría controlar el tráfico hacia y desde los Estados Unidos. En consecuencia, podían esperar ser reconocidos por ese país como beligerante y así tener libre acceso a las armas estadounidenses”.

 

Pascual Orozco y Pancho Villa, que recelaban de los tratos posibles con porfiristas, instruyeron al oficial revolucionario Reyes Robinson para que ordenara a sus hombres que dispararan contra las tropas federales. Madero ya no pudo impedir la lucha.

 

Orozco y Villa temían herir a los miles de estadounidenses que se alinearon para observar el combate al otro lado del río Bravo. Timothy Turner, un corresponsal estadounidense, citado por Katz, que se cruzó a Ciudad Juárez para ver el combate, apuntó que los revolucionarios no entraban a la ciudad en ningún tipo de formación; entraban y salían por el mismo camino. “Peleaban un rato, regresaban a descansar, dormir y comer, y volvían de nuevo frescos al frente (...) Esta forma de luchar, creo, más que ninguna otra cosa, fue lo que les permitió tomar Juárez” el 10 de mayo de 1911.

 

Algo de la historia de Ciudad Juárez ha sido cantada en corridos. Sus mitologías abundan en apaches, contrabandistas, ferrocarrileros, negocios prostibularios, soldados americanos y mexicanos y emigrantes ilegales, pandillas y policías corruptos, ganaderos y mormones, borrachos y drogadictos, empresarios sagaces y aduaneros, hombres del desierto y el río Bravo. Ahí, en el bar Kentucky, se creó el cocktail Margarita. Ahí, la D.M. Distillery produjo el Juárez Whiskey Straight American. Ahí, en el Noa Noa, se halla el origen de Juan Gabriel...

 

En esa ciudad, marcada en estos tiempos por la presencia del Ejército, los asesinatos de mujeres, periodistas e inocentes, por mercenarios y capos de la droga, por discursos políticos, por pobladores que abandonan sus casas en busca de un lugar propicio, existe una torre insólita cerca de la Plaza de las Américas, donde, entre otras cosas, hay una pista de hielo; en esa torre, Claudia Edith Soto y José Pérez-Espino han concebido una rareza: una librería, a la cual les gusta llamar “cafebrería” porque en ella también puede tomarse café con un pastel y ensayar una tertulia.

 

Borges entendía una biblioteca como un paraíso que podía convertirse en una pesadilla. Claudia Edith Soto y José Pérez-Espino demuestran que una librería puede ser un lugar de encuentro, donde no sólo puede hallarse el libro deseado y puede aparecer la lectura desconocida, sino que es un sitio en el que uno puede encontrarse con un amigo, con un escritor ocioso, con un lector cualquiera, con un curioso, con una conversación circunstancial. Como un parque, como una plaza, como una esquina, como un mercado, como una cantina, en una librería que es cafetería puede confluir cotidianamente algo de una ciudad, sus rumores y sus desesperanzas, sus costumbres y añoranzas, el gusto inveterado por su arquitectura y los deseos comunes.

 

En La guerra por Juárez, el libro coordinado por Alejandro Páez Varela y escrito por el mismo Páez, Marcela Turati, José Pérez-Espino, Sandra Rodríguez Nieto, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Ignacio Alvarado Álvarez y Enrique Lomas Urista, no sin orgullosa tristeza, Chávez Díaz de León observa que antiguamente los texanos solían derrochar su dinero en los bares y centros sociales de Ciudad Juárez y que, ante los asesinatos en antros, cantinas, centros comerciales y restaurantes de su ciudad, ahora los juarenses prefieren la vida nocturna de El Paso, Texas. Cuentan, sin embargo, que en las grandes librerías de El Paso, como Olsen Books y Barnes & Noble, recomiendan la Cafebrería S&L que está en una torre de Ciudad Juárez.

 

(Publicado en El Universal, el viernes 7 de mayo de 2010)


 
 
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