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La dureza balsámica de Kjell Askildsen

El escritor noruego Kjell Askildsen es creador de historias dotadas de un realismo aparentemente doméstico, familiar y citadino, pero articuladas con rencores, disputas nunca resueltas y odios jamás comunicados en su momento, dice el autor del siguiente ensayo, producto de su lectura de Cuentos reunidos (Lengua de Trapo, 2010).

Por Antonio Moreno Montero
Monday, 19 de July de 2010

Maestro de un género que exige la depuración del lenguaje y un timing que no admite las salidas en falso, Kjell Askildsen, nacido en Mandal, Noruega, tierra de los hiperbóreos, relata historias enmarcadas dentro de lo que podría llamarse un realismo aparentemente doméstico, familiar y citadino, pero articuladas con rencores, obcecaciones malhadadas, disputas nunca resueltas (o deliberadas in extremis), y odios jamás comunicados en su momento.
 
La trama de la mayoría de los cuentos se sostiene a partir de viejas querellas, que como clavos ardientes han corroído y alterado el ánimo de los personajes jóvenes o decrépitos (pero lúcidos), siempre expectantes para hacer el--no sé si justo, pero sí--legítimo reclamo que no debe ser aplazado; frente al hijo que no encuentra acomodo emocional, al hermano que detesta por diferencias temperamentales, al padre solitario y moribundo o la madre viuda que es incapaz de encontrar antídotos para el dolor y la derrota, porque así se los impone la voluntad.

 

Las situaciones narrativas son tan naturales-tan orgánicas, incluso hasta reiterativas, así lo parecen, y relativamente familiares para los lectores, pero con diferentes protagonistas y motivos para las impugnaciones. Askildsen no teme reiterarse (no es improbable que jamás haya temido algo), sostiene Rodolfo Fogwill (otro grande) en el prólogo de la edición argentina de los Cuentos reunidos (Lengua de Trapo, 2010), del octogenario escritor noruego.  

 

Los cuentos que exploran las tensiones familiares son depositarios de verdades cuyas fuentes, o causas que permiten detonar esas verdades, permanecen aureoladas de un enigma. El resentimiento (piedra angular del desafecto), tanto como el arte del incordio, en lo que respecta a los sentimientos profundos y los estados de ánimo, siempre ambiguos por naturaleza, tratan de revelar una experiencia subjetiva única de los protagonistas. El lector tendrá la oportunidad de estar al tanto de los efectos y las contingencias, pero siempre emergerá una bruma que enrarecerá la fuente de ese malestar.

 

Las rupturas parecen irreconciliables, y uno no sabe porqué (bueno, se intuye), y no hay asomo para corregirlas, a modo de que el desafecto se diluya para que sea menos amargo, porque los protagonistas actúan en consecuencia. Tomar la palabra y decir lo que se siente es para ellos un imperativo categórico. En "El estimulante entierro de Johannes", Paulus Hornemann es un hombre viejo, lector de novelas y cascarrabias consumado, y Johannes es su hermano gemelo, con las mismas condiciones, excepto que éste es más fuerte físicamente, mientras que el primero es débil, con el rostro de un cerdo a causa de una enfermedad de la cual él no quiere hablar. No se sabe el motivo pero Paulus y Johannes se odian uno a otro.

 

Es clave el hecho de que Paulus haya decidido no asistir al sepelio de su madre (nueve años atrás), aquí empieza a circular la bruma en el desarrollo de la trama, a quien considera una mujer indigna de imitársele hasta en lo más mínimo. Paulus sale de paseo al parquecillo cerca de la casa en un domingo apacible, donde se encuentra con Johannes después de once años de distanciamiento. Podría ser porque Paulus no se presentó al entierro de su madre, por su indiferencia, porque no envió flores ni siquiera un telegrama para hacer evidente su pena, pero también podría ser otra causa.

 

En la discusión, Paulus, quien estuvo a punto de sufrir una golpiza, le dice a su gemelo que no es hermano suyo y asegura no ser hijo de la madre muerta. Johannes lo busca al cabo de un breve tiempo para felicitarlo por sus ochenta años, pero Paulus se niega a abrirle la puerta. Cierta tarde, el viejo Paulus sueña el sepelio de su hermano. Mientras depositan en la fosa el largo y pesado ataúd, la hija de Johannes empieza a reírse como una poseída y él le secunda, sin dudarlo. La hija de Johannes se acerca al tío para tocarlo y besarlo impúdicamente, y él responde a sus caricias sin dejar de carcajearse. Una vez despierto, Paulus sabe que es un sueño y es difícil que su sueño se cumpla, pero está lleno de optimismo, alegre como nunca. Para la estirpe de un autor como Askildsen, sin excluir a Carver y Cioran de ese linaje, las relaciones consanguíneas  deben de explorarse visceral y radicalmente, con todo el pesimismo posible, sino no hay combustión, como lo haría todo escritor antimoralista: para constituir una diferenciación entre un tradicionalismo lacayo que reprime y una capacidad soberana que exprese los sentimientos más profundos sin que haya rendición de cuentas ni búsqueda de perdones, como si el acto fuera una suerte de desprendimiento vital y pedagógico, que es útil no sólo para saber sobrellevar la desdicha sino aprender el muy humano propósito de decir lo que realmente uno siente. Por eso los personajes de Askildsen son terriblemente honestos.

 

El planteamiento anterior no busca menguar la crudeza y el humor negro de los cuentos de Askildsen, sino es para encontrarle el guiño fraternal que estos poseen tanto como la justificación de una supuesta mala fe o mala leche del autor. Por un lado, porque los Cuentos reunidos de Kjell Askildsen atacan directo al nervio, allí donde duele. Brillan como la filosa y refulgente hoja de una daga puesta al cuello. De golpe el lector entra a un mundo donde  las relaciones filiales y amorosas muestran circunstancias y situaciones que no le son ajenas. Por otro, están los recursos y la dimensión técnica de Askildsen como maestro del cuento (género emparentado con el relámpago): la tensión e intensidad dramáticas llevadas hasta sus últimas consecuencias, la nitidez del argumento, el manejo exacto del tiempo narrativo, el enigma sugerido entre líneas, ese timbre de voz inconfundible y la hondura psicológica de los personajes, con un final siempre abierto y ambiguo. Todo este muestrario es directamente proporcional al efecto emocional que causa leer los cuentos de Askildsen. Habrá uno que el lector jamás olvidará y pese a la presión que le cause, le seguirá pareciendo que la vida es alegre, muy a su pesar.


 
 
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