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¡Dispara, Páez, dispara!

La primera novela de Alejandro Páez Varela, Corazón de Kaláshnikov (Planeta, 2009) es un espejo de las profundidades oscuras de Ciudad Juárez y la frontera con Estados Unidos. Una historia de amor fatídica. Pero el escritor “se resiste a contar lo bueno, cualquier cosa que quepa bajo este manoseado concepto”, dice el autor del siguiente ensayo.

Por Ángel Otero Calderón
Wednesday, 23 de September de 2009

Alejandro Páez es un provocador. Su novela Corazón de Kaláshnikov te desafía a mirar hacia donde está vedado asomarse: el misterio que subyace detrás de cada personaje de esta crónica fríamente hilvanada: la puta con implantes de senos y el sicario en pos de la redención imposible, (¿debería decir trabajadora sexual para parecer políticamente correcto?); del sheriff tejano convertido en evangélico samaritano y los comandantes cocainómanos con pene calibre 9 mm, pasando desde luego por las siempre presentes víctimas inocentes, una vendedora de medias a quien la muerte le llegó con un ramo de flores y tres niños atrapados en el porta equipaje de un coche en el que su padre cruzaba drogas rumbo al Imperio del norte.

Sostengo que Páez se mete en terreno prohibido, se lo haya propuesto o no. Y es que te lanza un certero disparo de su Kalashnikov directo al corazón. El estruendo te sacude la cabeza y te lleva a escrudiñar, a ahondar el pecado de sus protagonistas. Hay quien dice que cada ser humano es el arquitecto de su propio destino. Yo tengo mis dudas respecto de ello. Máxime cuando en una ciudad como Juárez te echan al mundo sin siquiera una noción que te permita hacerla de albañil de media cuchara. Si no sabes pegar un ladrillo encima del de otro, ¿cómo demonios puedes construirte un destino aceptable?

 

Y es que, puestos en circunstancias iguales a las que se describen en las páginas de Alex, ¿quién puede asegurar que no acabaría en un prostíbulo o una comisaría manejada por adictos; en el panteón o la tumba, e incluso refugiado en un Evangelio incapaz de traer la buena nueva a una conciencia acallada a golpe de disparos de metralla y crímenes que se reproducen noche tras noche, interminablemente, y sin remedio?

 

Hay que decir que la voz de Alejandro Páez rompe con el discurso impuesto desde el gobierno y la buena sociedad en el sentido de que las víctimas de la violencia lo han sido precisamente por putas o por narcos, porque se han perdido los valores y ya nadie le reza a la virgencita, o como dijo Felipe Calderón porque nos hemos alejado de Dios. Detrás de tales justificaciones tontas que buscan legitimar la impunidad y el desgobierno, lo que hay es miedo, un pavoroso temor de mirar cara a cara lo que somos; de ver sin máscaras ni disimulos lo que hemos sido capaces de engendrar. Pero Páez no es cobarde, por fortuna…

 

El texto de Alejandro surge también a contrapelo de ese otro discurso con el que tramposamente se nos convoca a no ensuciar la cara de Juárez, a mantener inmaculada la imagen de la ciudad, como si con ocultar los hechos se pudiera borrar la pesadilla que hemos debido padecer, como si con un millón de rosarios pudiéramos recobrar la paz anhelada. El Páez se resiste a contar lo bueno, cualquier cosa que quepa bajo este manoseado concepto. En todo caso, su amor por Juárez lo deja plasmado ahí, en la negrura de la tinta que se imprime sobre el blanco del papel. Y bien se puede ir al infierno por tal desacato, por tamaña desjuarensidad, valga la expresión.

 

Para completar el cuadro, Alejandro Páez manda al cuerno las plumas mercantilistas que desde el centro del país nos hablan de un Juárez que ha hecho más que méritos suficientes para ganarse la destrucción al estilo de Sodoma y Gomorra; que pergeñan sus textos con intención descarada de vender libros, de echarse al bolsillo unos miserables pesos, así sean al precio de maquinar leyendas negras de ocasión y venderlas como investigaciones periodísticas.

 

En realidad, no hay necesidad de tanto esfuerzo estéril. Lo que aquí ocurre es mucho peor de lo que imaginan esos buitres capitalinos y de otras tierras que de vez en cuando nos visitan para poder decir que estuvieron en Juárez, que conocen Juárez. Pero ellos no lo saben, no saben que apenas se han asomado al pozo y allá en el fondo no puedes ver más, porque la oscuridad ciega.

 

En contraste, la novela de Páez trasciende la nota roja y se escribe desde las profundidades del hoyo, a través de los ojos de Juárez, siempre a partir de hechos conocidos aquí; se entreteje con episodios reales que para quienes nos miran desde allá, desde la arrogancia del centro, suenan a invenciones harto imaginativas. Que una mujer fue identificada gracias al número de serie de sus implantes de seno, es un hecho documentado. Cualquier juarense medio informado se enteró de la noticia. Igual ocurre con los otros episodios.

 

A lo que quiero referirme más precisamente, y vuelvo a ello, es al hecho de que a la hora en que uno está obligado a mirarse al espejo de la realidad juarense, hay demasiados prejuicios, abundan las excusas, sobran las hipocresías, los apetitos voraces... Alejandro, empero no padece de miopía, al menos no existencialmente hablando. Quizá por ello mismo y en buena medida debido a su irreverencia y a la rebeldía que es legado del apellido que lleva, nos ofrece una crónica carente de miedo en la que juega a placer con los tiempos, que va desvelando la naturaleza de sus personajes, descrita desde el infierno al que han sido confinados por la sociedad.

 

Páez es atrevido y rudo por momentos, nunca cursi. Y eso habría que agradecérselo. No viene nada mal, de vez en cuando, un golpe brutal que nos despierte, que nos haga pensar, algo que al menos yo no hago con demasiada frecuencia. Bienvenida, pues, esta ráfaga de Kalashnikov.

 

Por último, debo decir: Y yo no sé si El Páez acabe convertido en un novelista exitoso. He tenido la fortuna de conocer a Alejandro el entrañable poeta y a Páez el incansable periodista. Apenas se me presenta Alejandro Páez el novelista que, a primera vista, no puede ocultar su oficio de reportero ni parece proponérselo, de ahí que yo me refiera a su novela como una gran crónica, despiadada y certera. Este es su primer tiro en el campo de la novela, en buena hora. Y para acabar, sólo le diré: ¡Dispara, Páez, no dejes de tirar del gatillo!

 

* Ángel Otero Calderón es uno de los periodistas más importantes y respetados de la frontera entre México y Estados Unidos. Fue director de El Diario de Juárez y El Diario de Chihuahua. Actualmente es conductor del programa Hilo Directo, que se transmite por Radio Net 1490, en Ciudad Juárez. El ensayo fue leído durante la presentación de Corazón de Kaláshnikov (Planeta, 2009) en la Cafebrería S&L de Ciudad Juárez, el viernes 18 de septiembre de 2009. Más información en el sitio: Cafebreria.wordpress.com


 
 
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