EL POEMA PUEDE EXPANDERSE A TRAVÉS DEL TIEMPO
¿Cuál es la significación de la poesía en un tiempo y un espacio como los nuestros, en los que parece intensificarse el significado de la materia y su símbolo más evidente, el dinero?
El siglo XXI y la llegada de un nuevo milenio han significado, entre otros cambios, una alteración en los modos de comunicación de la sociedad y en las formas de convivencia entre los hombres. En nuestra aldea hiperglobalizada, entramos de lleno a una era digital donde la palabra impresa y el libro han perdido una posición central, concéntrica, como referente de conocimientos y como objetos vitales de cultura. La difusión de amplias áreas del saber que tenía en el libro un núcleo único, ahora tiene múltiples centros. Al grado que se ha vuelto un lugar común, incluso entre los propios editores y escritores, el decir que el libro como medio de cultura es un espécimen en vías de extinción y que las sociedades modernas se encaminan aceleradamente hacia una época antilibresca.
No lo pienso así, a pesar de la irrupción sorprendente del Internet y de otras vías de comunicación electrónica. No concibo, ni siquiera en un futuro remoto, a una humanidad que anule de su memoria histórica esa invención cultural que le ha permitido al hombre evolucionar como especie y el establecer un equilibrio, a veces muy precario, entre barbarie y civilización. Me parece que no dejaremos de valorar y de perfeccionar –valiéndonos incluso de los innovadores medios electrónicos– ese sueño maravilloso de Gutemberg.
No imagino, pues, una época antilibresca y, menos aún, una era antipoética. Un mundo totalmente materializado, sin poesía, sería un mundo sin el contrapeso de tiempo imaginario y sin el continuum de la palabra profunda entre los hombres. Sencillamente perderíamos cualquier posibilidad de generar el atributo inherente a toda creación: la belleza.
Un libro de poesía que, como tantos, pasa inadvertido totalmente en su momento, ¿puede sobrevivir, tener una larga vida?
Desde luego que cualquier escritor desea –y a veces alucina– contar con miles de lectores, y no tener un solo lector: él mismo. Incluso si un texto poético no tuviera interlocutor alguno, podría incidir de manera fundamental en la lengua en que fue escrito, en su cultura y en las letras universales… Intentemos un símil.
Los científicos modernos hablan desde hace un medio siglo de la Teoría del Caos, la cual no hace referencia a la desorganización y al caos de una serie de fenómenos sino, por el contrario, a un orden superior en la naturaleza. Dicha teoría se inició con una pregunta formulada por Edward Lorenz, que así podríamos parafrasear: “¿El aleteo de una mariposa en Río de Janeiro puede desencadenar una fuerte tromba en la ciudad de Chihuahua…?” Y la mera formulación de este cuestionamiento fue indicativo de esa probabilidad, es decir, que el movimiento de las alas de una mariposa “brasileira” podría provocar un cataclismo en una ciudad del norte mexicano.
En el mundo de las posibilidades, según las leyes del caos, un estímulo mínimo, a partir de las condiciones iniciales de un fenómeno, puede tener una consecuencia real, e incluso devastadora, al otro lado del mundo. Y con la poesía sucede algo semejante, pero igualmente al revés. La escritura de un poema aquí y ahora podría expanderse, como ondas concéntricas, a través de los tiempos, en un efecto multiplicador y en una resonancia creativa de las formas del verso, o multiverso. Por ejemplo, un texto que en este preciso momento es escrito, o incluso sólo es concebido mentalmente por un joven poeta, podría ser un estímulo decisivo en los ritmos, las imágenes o los giros del lenguaje de un texto paralelo que será escrito por otro joven poeta en el año nueve del siglo XXIII, o en el próximo nuevo milenio. La poesía habla la lengua del tiempo.
UN RETRATO GENERACIONAL SIN RETOQUE
Tradicionalmente las promociones o generaciones literarias se agrupaban en torno a focos culturales determinados: las grandes ciudades, las revistas, las universidades. Una relativa descentralización, primero, y después la irrupción del Internet han cambiado esa dinámica. ¿Perteneces a una determinada generación? ¿En qué contexto grupal has desarrollado tu obra literaria?
Las generaciones culturales son productos del destino y del azar o, quizá, de algún duende maligno. El por qué un grupo de seres, bastante singulares, coinciden en un lugar equis y en un tiempo determinado, es una cuestión frente a la cual no tengo una respuesta mínima.
En 1986, Alfredo Espinosa y yo intentamos un retrato generacional a través de la poesía. Publicamos una antología de la poesía en Chihuahua, la primera en la historia del estado, la cual integró a una veintena de autores nacidos a mediados del siglo XX, desde Jorge Aguilar Mora (1946) a Joaquín Cosío (1962). Incluimos al grupo de escritores nacido en la década de los cuarenta que emigró al extranjero o a la ciudad de México y a aquellos de los años cincuenta y sesenta ya desarrollaban un trabajo cultural en las ciudades de Chihuahua y Juárez, es decir tres promociones diferentes de una misma generación literaria. Esta muestra de poesía (mejor conocida como “El libro amarillo”), que pasara práctica o intencionalmente desapercibida entre los medios de cultura regionales y nacionales, significó para varios de sus involucrados, no obstante, una toma de conciencia sobre las posibilidades de expresarse pluralmente a través de una multivoz poética.
En la presentación de este libro podemos leer: “Esta Muestra de poesía pretende ser leída y criticada, incidir en el discurso literario, avivar la polémica de nuestra vida cultural. Es la primera selección de una época de la poesía chihuahuense, y las múltiples responsabilidades que genera una tarea como ésta, las asumimos plenamente. Es, sobre todo, un reto. Si otros la superan, si alguien descubre que existen más y mejores poetas, adelante: todos saldremos ganando”.
Fue un recuento literario y un punto tanto de partida como de llegada. Alrededor de este proyecto, ya giraban los espacios culturales periodísticos “Letras al margen”, “Zona”, “Aura”, las revistas literarias “Palabras sin arrugas”, “Nod”, las primeras plaquetes de jóvenes poetas publicadas por Praxis/Dos Filos y el suplemento semanal “Pro-Logos”, espacio plural y democrático representado por más de media docena de grupos, como “Sahuaro”; “Taller literario del INBA”, coordinado por Mario Arras y Margarita Aguilar; los grupos feministas “Desexiliando” y “Ocho de Marzo”, y “Exa” coordinado por Gastón Fourzán y donde colaboraban los hermanos Jorge y Carlos Carrera.
De esa época cultural, que apenas conocen las nuevas generaciones, ¿qué destacarías?
En general, no sólo en la literatura sino también, por ejemplo, en el teatro juarense, fue una época de ruptura y transformación. Varios de los proyectos y programas de cultura de la primera década del XXI, independientes u oficiales, tienen sus orígenes en esa etapa dinámica y de gran participación de la sociedad civil, previa al cambio de siglo.
En el “Libro amarillo”, apadrinado por Víctor Hugo Rascón, intentamos un recuento de esos años –o un recuento de los daños, como diría Joaquín A. Chacón, y un retrato generacional sin retoque, como expresaría Lourdes Garza–. Leemos en su prólogo: “Los autores nacidos en la primera mitad de los años cuarenta, Arturo Rico y Enrique Cortazar, se han formado básicamente en Chihuahua […] Los pertenecientes a la segunda parte de esa década (Jorge Aguilar Mora, Gaspar Aguilera, Vicente Anaya y Carlos Montemayor) emigraron a temprana edad o en su adolescencia al centro del país, donde publicaron sus primeros trabajos […] Los nacidos en los cincuenta, serie que conforma más de la mitad de los autores incluidos, es el grupo con más variantes, pero a la vez con mayor cohesión: Micaela Solís y Sergio Loya participan en la vida cultural universitaria de los setenta y Rogelio Treviño forma parte en ese entonces de ‘la generación perdida’; Federico Urtaza y Alfredo Espinosa, junto con Lourdes Carrillo, fundan y dan continuidad a ‘Palabras sin arrugas’, labor retomada en los ochenta por Rubén Mejía, Enrique Servín y Héctor Jaramillo, y prolongada hasta la fecha en páginas culturales […] Paralelamente, Ramón Antonio Armendáriz y Marco A. Jiménez trabajan en el taller de poesía coordinado por Jesús Sampedro en Zacatecas y colaboran en la revista ‘Dos filos’; años después, David Ojeda coordina el primer taller literario de Ciudad Juárez, el cual agrupa a Jorge H. Chávez, Ricardo Morales y, entre los nacidos en los sesenta, a Joaquín Cosío y Miguel A. Chávez, miembros de ‘Nod’…”
“Azar. Revista de Literatura” y los “Cuadernos del Azar” pertenecen a los años noventa. Esta publicación, coordinada en Ciudad Juárez por Marco A. García y en Chihuahua, por R. Mejía, y con un diseño innovador creado por Felipe Alcántar y Luis Carlos Salcido, extiende puentes entre los escritores y artistas de Chihuahua, Monterrey, Zacatecas y regiones del sur de los Estados Unidos. Finalmente, en 1993, es fundada Ediciones del Azar A.C. con la publicación del libro de fotografías “Teatro del olvido” de Remigio Córdova y el libro de relatos “Callejón Sucre” de Rosario Sanmiguel. Ediciones del Azar es una empresa independiente que tiene en su catálogo a importantes autores nacionales, de América Latina (Clarice Lispector, Lêdo Ivo, Edwin Yllescas, Jesús Barquet) y de Europa (Edmond Jabès), pero sobre todo a distintas generaciones de escritores e historiadores regionales, desde los años treinta del siglo XIX a la primera década del XXI.
Así respondo, sucintamente, a tu pregunta: tal es el contexto cultural en el que he desarrollado mis tareas, inseparables, como autor y editor. Mas sobre el tema de esta generación, habría que hacer una amplia invitación a todos los involucrados en esas historias, reales e imaginarias, de las décadas ochenta y noventa para que ofrecieran su punto de vista personal y así conjuntar un ejercicio de rememoración colectiva o generacional, antes de que, como dice Rubén Nevárez, “se nos atraviese por nuestro camino alguna de esas zumbantes balas, sicarias y/o militares, o que de plano se hospede en nosotros el invitado incómodo Don Alzheimer”.
La poesía FLUYE DESDE las fuentes DE LA VIDA A SU fase terminal
Tu obra poética ha sido entre otras cosas una metaforización de la Ciencia…
Bueno, no sé si sea propiamente una metaforización. Sólo he elaborado, a lo largo de varios años, dos o tres interrelaciones poéticas a partir del alfabeto genético humano integrado por cuatro letras que, al combinarse, podrían reescribir todos los libros de todas las bibliotecas del mundo, o sobre la sinapsis sin fin de las cien mil millones de neuronas del cerebro de un hombre equiparables a una conexión entre las cien mil millones de estrellas que parpadean en el universo, o sobre la desconocida materia oscura que representa el 90% de la sustancia que contiene el cosmos y mantiene a sus esferas unidas entre sí.
Pienso que son metáforas válidas porque, tal vez, la ciencia misma descubre leyes sobre la vida y elabora teorías del universo que también son formas metafóricas de una realidad más elevada que, aunque a veces parece al alcance de nuestras manos, termina siempre rebasándonos...
Pero, ¿qué puntos de contacto encuentras en esas dos formas de lenguaje tan disímbolas y divergentes? ¿Estarías de acuerdo en que existen diferencias entre Ciencia y Poesía?
Claro, estamos de acuerdo. Un poema no es una ecuación matemática ni una ley de la física. Si son lenguajes diferentes y disímbolos, mas no sé si totalmente divergentes, pues es posible que esos símbolos representados por los números y esos otros propios de la escritura poética converjan en un punto y en una expresión humana más integral. Metaforizando, pienso que un texto poético podría ser, no en el mundo material si no en el orbe del espíritu y las ideas, un halo magnético o una forma de la energía que pueden permitirle a un hombre del siglo XXI, o de cualquier época, completar una respuesta personal, y única, a las antiguas interrogantes sobre la vida, la nada y el amor.
El astrofísico John Barrow, por ejemplo, expresa que “ningún relato no poético de la realidad puede ser completo”, es decir, la poesía es una parte sustancial e integral de ese complejo entramado que nombramos como “mundo-vida-realidad”. La visión poética es necesaria para tener una mirada más completa de nuestra existencia y, acaso, para que un hombre pueda cerrar el propio ciclo de su vida. (“volé tan alto tan alto / que le di a la caza alcance”, como diría San Juan de la Cruz).
EL MULTIVERSO
¿Un poema puede ser verdadero? ¿En qué dimensión opera eso que llamamos la verdad poética?
Un poema es una verdad estética. Y los propios hombres de ciencia reconocen que una construcción teórica no puede ser verdadera sino es, asimismo, bella. Al paso del tiempo, teorías como la evolución de Darwin, la relatividad de Einstein, el principio de incertidumbre de Heisenberg o el teorema de Gödel, comprueban día con día su veracidad y, por lo tanto, resultan más plenos y más hermosos.
La poesía está en las fuentes y en las fases terminales. En los orígenes del universo, la poesía tuvo algo que ver. En la fotosíntesis primigenia, la síntesis de luz que liberó la primera burbuja de oxígeno, hubo un breve pero fuerte latido poético. Y lo mismo sucede en cada expansión del universo y sucederá, sin duda, en la explosión que ponga fin a la gran unidad y vitalidad del cosmos. Cualquier fenómeno, pleno en belleza, tiene en sus cimientos y como simiente a la poesía. A un verso o un multiverso.
El Multiverso, ¿cómo los defines poéticamente? Es un nombre genérico que aparece en tus poemarios.
Sí, apareció desde el primer poemario de la saga o serie de “Expíritu – Multiversos”, aparece también en el libro que recién he concluido y en los posibles textos por venir. El tema resulta un tanto inasible, pues es un concepto que exige, precisamente, múltiples acepciones.
En base a la física, el hombre habita un mundo de cuatro dimensiones, incluida esa unidad tan familiar y extraña que llamamos tiempo o espacio-tiempo. Y un multiverso es un universo simultáneo o un mundo paralelo al nuestro con un número mayor de dimensiones, siendo posible que nuestro orbe cuadridimensional –de cuatro direcciones– sea sólo un reflejo de esos mundos de cinco, seis o más dimensiones, no sólo geométricas sino también concernientes a las posibilidades del Ser. Es decir, lo que nombramos como “realidad” y el propio espíritu del hombre podrían ser sólo un reflejo, o las sombras, de una verdad más absoluta.
Y eso mismo, y algo más, sería un multiverso en poesía: apenas un murmullo o un esbozo de voz que, no obstante, refleja un lenguaje diferente, casi silencioso, para expresar otras formas de comunicación y de comunión entre los hombres. Pero, tal vez, sería mejor expresarlo así. Multiverso:
Tejido del río
donde la nada
se contiene
- y mi voz
se derrama
LA MUNDANIDAD Y LAS CRÓNICAS MODERNAS DEL PAÍS BÁRBARO
Frente a nuestra realidad concreta, a veces tan cruda, ¿qué función podría tener un multiverso?
El multiverso podría significar, a su vez, no un mundo paralelo sino antiparalelo, o en sentido contrario, de una determinada realidad extrema y descarnada, frente a lo que yo percibo como nuestra triste “mundanidad”. Por ejemplo, en medio de la situación de violencia avasallante que sufrimos actualmente en este país, sobre todo en el norte de México, formulo la siguiente pregunta: En la primera década del nuevo milenio, ¿ha habido en todo el mundo una entidad menos violenta que el Estado de Chihuahua?
En este “Edén subvertido”, como llamara Ramón López Velarde a la “provincia mexicana”, tenemos vastas zonas conocidas como “corredores del terror o de la muerte”; en el ámbito y ambiente de las ciudades, las sirenas de policías, ministeriales y ambulancias son el son del corazón, un sonido que no cesa de noche ni de día; los periódicos publican secciones cotidianas donde se consignan profusamente las ejecuciones, los asaltos, las decapitaciones, los crucificados, los tsunamis de sangre, y la prensa vespertina, de enormes tirajes y altos ratings, ha cambiado su tonalidad: ya no es amarillista, ahora es roja o rojiza. En fin, a lo largo del extenso territorio chihuahuense (el Estado en un negro violento, como figura ahora en los mapas de México) contamos desde hace varias décadas una interminable fila de cruces: decenas de cadáveres que de pronto se volvieron centenares, luego millares, más y nuevos millares… Y seguimos contando.
Vivimos una locura colectiva, un delirio psicosocial que hemos interiorizado y silenciado día tras día, como espejos frente a los cuales nadie quiere mirarse cara a cara. La sociedad chihuahuense, inerme y en una reacción defensiva ante al peligro insoslayable, hace un movimiento con la cabeza y lo niega todo, negándose también a sí misma, es decir, adquiere como ciertos animales frente a la muerte un camuflaje de invisibilidad que finalmente no la salva. Sólo escuchamos balbuceos, sólo emitimos algún murmullo. Y lo que es peor, tal es la rica herencia de nuestro legado: un presente desesperanzador y un futuro imposible, de virtudes inconjugables, para las jóvenes generaciones del siglo XXI.
Inmersos en la creciente cultura de la muerte y menguantes frente a una realidad límite, sin concesiones, la cual podríamos anexar a las crónicas del “País bárbaro”, tal como bautizara a Chihuahua el historiador Fernando Jordán, debemos integrar miradas plurales, caleidoscópicas, y ensayar otras formas de sensibilidad y de pensamiento. Más que nunca debemos ser hombres creativos, lúcidos y visionarios, seres que se atrevan a tomarle el pulso al espíritu de su tiempo, hombres que sepan cómo disminuir momento a momento la avasallante mundanidad del mundo.
Por mi parte, he querido tomarlo como una divisa de vida. Así lo escribí a través de un poema breve, un haikú:
Por cada bala
De la vuelta bárbara
Un verso en canto
Y por cada ráfaga, un poema más alto e intenso, una poesía que silencie cotidianamente el estridente sonido de las balas.
EL CAMINO INTEGRAL DE UN POEMA
La tradición poética mexicana incluye una vertiente filosófica que tiene antecedentes incluso en la poesía de lengua náhuatl del México Antiguo, pero cuyos momentos más brillantes son “Primero Sueño” de Juana de Asbaje, “Muerte sin Fin” de José Gorostiza y “Piedra de Sol” de Octavio Paz. Considero que tu obra pertenece a la vertiente de la poesía filosófica, ¿estarías de acuerdo con esta apreciación?
Te agradezco la alusión directa a tres textos excelsos no sólo de la poesía mexicana, sino de la cultura universal. Primero Sueño, Piedra de Sol y Muerte sin Fin son, junto con otras obras de escritores mexicanos y universales, poemas deslumbrantes y alumbrantes, “Poemas-Madre”.
Ahora sabemos que las células totales de un hombre, y no sólo sus neuronas, funcionan como un pequeño gran cerebro y descubrimos, gracias a los transplantes, que nuestro corazón tiene recuerdos y una refinada memoria. Es decir, un corazón no sólo siente, también piensa y toda materia puede ser una forma de mentalidad.
Hacer poesía es sincronizar finamente a la mente con el corazón. Es un acto creativo íntegro que involucra a nuestro espíritu y a fragmentos enteros de nuestro cuerpo. Y yo he intentado, valiéndome de algunos conocimientos de la ciencia y de fugaces intuiciones poéticas, reflexionar sobre el hecho creativo a partir de la escritura misma. Sólo he querido latir dentro del corazón del instante creador que, inconmensurable, revela formas y sentimientos, genera campos de energía y poemas, recreando a la creación misma en una especie de Autopoiesis poética.
Al concebir y escribir un texto literario, ¿trazas una o varias estrategias?, ¿cuál, cuáles?
No hay, por supuesto, estrategias definidas, pues en la concepción de un texto predominan mi historia biológica como individuo y como especie –o como las especies infinitas de la naturaleza–, así como las ricas herencias culturales, las voces de los Maestros y, en buena medida, el azar.
El gran físico, también músico, Richard Feynman acuñó el término de “camino integral” al reconocer que una partícula suele dividirse en sus desplazamientos, multiplicándose por mil caminos posibles siendo una sola unidad y la misma partícula, como una mancha de tinta que al dejarla caer sobre una hoja papel, se esparce simultáneamente en todas direcciones sin dejar de ser una mancha única. Y eso sucede, de un modo o modos múltiples, al escribir un poema.
Un verso puede componerse de once sílabas o un poema con quinientas palabras luego de recorrer -en la mente, la sensibilidad y la zozobra del poeta- cientos de variantes posibles y de poemas probables, para desembocar precisamente en las once sílabas de tal verso o en las quinientas palabras del poema tal. O sea, el poeta debe encontrar en ese mar casi infinito de posibilidades el camino que integre a los otros caminos, a la gran ola que emerge desde el lecho marino y vuelca el impulso de miles de olas, la fuerza del océano, en las arenas de la playa o sobre la hoja en blanco.
El poeta debe pasar de lo Posible a lo Poesible
Martin Heidegger opinaba que a través de la poesía, y con ella sus interlocutores los poetas, es que se logra la comprensión del Ser, ¿estás de acuerdo con esto?
La poesía es una exploración –aciaga, a veces; a ciegas, casi siempre- del Ser y una explosión del Espíritu. O del Expíritu. En el estudio, tan generoso, “Expíritu o la ciega lucha en la red de las estrellas” escrito por la poetisa y maestra de filosofía Reyna Armendáriz, podemos leer: “Heidegger decía que el hombre es un ser que pregunta, y Mejía se empeña precisamente en evidenciar este rasgo distintivo de lo humano, pero en comunión exacta con todas las dosis posibles de una misma profunda respuesta que permite al poeta dar un relieve fugaz a lo invisible según sus propias palabras. […] En tanto que el hombre es un ser que pregunta, la primera pregunta que se formula es acerca de sí mismo. La constante en la poesía de Mejía es precisamente esa tendencia a interrogar, por parte del hombre; un interrogar que se dirige al universo para automáticamente revertirse sobre él mismo, apelando sin embargo a la individualidad y al egoísmo natural de la poesía como un complemento de la dualidad ineludible y asombrante que le provoca inquirir.”
Y lo fascinante, sin duda, es la conversión de cada una de estas respuestas, tan hermosas como efímeras, en una nueva interrogante. Pero en esa verdad breve, en la “breverdad”, se encierra y se abre, muere y se transforma, el Ser de la vida y el Espíritu del hombre. Como aquellos óvalos que dibujábamos en la escuela primaria para mejorar nuestra letra, la poesía da forma a esos rizos para la buena escritura y la reescritura del Ser.
Y RENOVAR AL LENGUAJE MEDIANTE EL POEMA
En tus poemas advertimos los juegos de palabras y la composición de nuevas palabras, el uso frecuente de neologismos, como “Lo poesible”, “La breverdad”, “Expíritu”.
El poema es un conjunto de energías, formas, delirios, ritmos y aun silencios. Mas ante todo, pese a los desasosiegos del autor y muchas veces al desconcierto del lector, es un juego bello, un goce para el espíritu. El entrañable e innovador lingüista del siglo XX, Roland Barthes, decía que un texto literario debe provocar en el lector un placer elevado y al referirse a los escritores que refundaban al lenguaje les llamaba “logotetas”. Y todo poeta debe jugar su inmensa fortuna estética y apostar sus riquezas poéticas en la renovación de su lengua a través del poema. Y en este juego “logotético”, aun perdiendo, ganará.
La composición de palabras nuevas forma parte de un juego ingenuo que, seguramente, tiene sus orígenes en mi infancia. Mas no es un capricho, sino una manera de darle otros alcances a la palabra y a la expresión literaria. Y, acaso mediante la poesía, el intentar una connotación diferente y más precisa en relación a algún fenómeno natural, e incluso espiritual. Por ejemplo, respecto al fenómeno de la luz, su extraña doble naturaleza, esa dualidad que le permite comportarse al mismo tiempo tanto como partícula y como onda, le he dado el nombre de “ondualidad”.
Ondualidad es una palabra que suena muy bien, ojalá algún día se te atribuya la paternidad, o mejor dicho el padrinazgo, de este neologismo. Ya ves que varios términos científicos modernos han sido extraídos de obras literarias.
Sí, cierto, como “Quark”, palabra que hace referencia a una partícula elemental en la física moderna, la partícula más pequeña descubierta hasta ahora, cuyo nombre fue entresacado –seguramente por un físico y un buen lector– de la novela “Finnegans Wake” de James Joyce.
Las iniciales donde el amor inicia
Tu poesía ha sido apreciada en lugares como España, Portugal o el Brasil, país en donde fuiste traducido y espléndidamente editado, sin embargo aquí en México llevas una vida casi secreta, ¿eres un poeta del ciberespacio, participas de una forma nueva de existir literariamente?
Yo sigo considerando al libro y a la palabra impresa como los medios más idóneos, los casi perfectos, para diseminar las obras poéticas y literarias, lo cual no me hace descartar, por supuesto, a las alternativas ya indispensables del Internet y de la Web mundial, que pueden sincronizarte en cualquier momento con personas, lugares, redes culturales y libros de todo el mundo. Al Internet podríamos considerarlo como una aproximación al relato el Aleph de Jorge Luis Borges, es decir, ese punto del espacio –quizá del ciberespacio– donde convergen todos los espacios y tiempos, el lugar desde el cual un hombre puede vislumbrar las historias todas –pasadas, presentes, futuras– del hombre y el cosmos.
Y a propósito, en referencia a la cuestión anterior sobre la importancia de las palabras creadoras y los neologismos, ahora pienso que la palabra Aleph podría ser en un futuro, quizá no muy lejano, un término apropiado y creativo para nombrar una etapa superior y más perfecta del Internet o de la Red mundial. Sería un buen homenaje para nuestro escritor argentino, siempre vivo.
Soy agraciado y estoy agradecido. Los lectores de mis breves textos han sido generosos, profundos e inesperados. Y dichos lectores, por alguna razón equis, no pertenecen o no están inmersos en los ámbitos de la literatura nacional. Ejemplos son Lêdo Ivo, uno de los grandes en la historia de la poesía brasileña, Floriano Martins y lo compañeros de Escrituras Editora de Sao Paulo; la estudiosa y magnánima Estela Guedes en Portugal; Gregorio Morales, fundador en España del movimiento “estética cuántica”, y Jorge Aguilar Mora, uno de los mayores escritores nacidos en Chihuahua, pero quien ha vivido en Francia y Estados Unidos más de la mitad de su vida. Sus opiniones son granos de polen que retroalimentan y fecundan críticamente esta propuesta poética, la cual también es suya y de todos sus lectores posibles.
Si aparecieran ahora otros lectores-amigos en Chihuahua o en cualquier región de México, sería excelente. Mas no hay que adelantar vísperas ni darle la vuelta al reloj de arena, pues como decíamos al inicio de esta charla, la poesía sabe dialogar con el tiempo y sabe cómo desplazarse a su lado, a su ritmo.
Finalmente, ¿por qué en tus libros de poesía suele aparecer como única firma tus iniciales (r.m.) y no tu nombre completo?
Quizá porque mi fe literaria y mi itinerario poético se centra más en las obras que en sus autores. El poeta sabe, o por lo menos intuye, que al hacer uso de la primera persona o al decir “Yo” –yo sueño, yo soy, yo escribo– no hace ninguna referencia a sí mismo. Y debe quebrantar, poema a poema, la columna vertebral de su Ego y romper las fuentes primordiales de su yo personal hasta lograr el alumbramiento del “Yo poético”.
Y ese es, tal vez, mi Yo Poético: (r.m.), iniciales de mi compañera, de mi pareja par e impar. Las iniciales donde el amor inicia, siempre.
Ciudad de Chihuahua. Agosto de 2009.